El cuento del rinoceronte

Siempre hablamos de tener nuevas experiencias, de hacer cosas nuevas, de probar algo nuevo, ya sea un nuevo restaurante que viajar a un país exótico.
Pero… ¿Y si nos planteamos a probar esas cosas con nosotras mismas y hacia nosotras mismas?

Me refiero a probar, volviendo al post anterior, a probar a hacer las cosas diferentes.
No quiero sonar ‘Mr. Wonderful’ para nada, no creo que el camino del pensamiento positivo literal sea el camino. Y creedme que lo probé. Pero es agotador estar pensando todo el tiempo en positivo y no aceptar que una tiene emociones y pensamientos que no gustan tanto y castigarse a una misma (a modo mental) por no ‘pensar en positivo’.
Me refiero a cuando te llega un pensamiento, X, y lo tomas de una manera que no te agrada. Claro, ¡no pasa nada!, pero cuando esos pensamientos se repiten constantemente, esas charlas con nosotras mismas son tan agotadoras, quizá haya que hacerlo de otra manera. ¿Y cómo?

Una vez Sama me contó un cuento, sobre un rinoceronte 🦏
Resulta que una asociación de animales rescató a un rinoceronte maltratado, que había estado durante muchos años encerrado, en un lugar muy pequeño y atado. Lo único que podía hacer era dar vueltas en un cuarto medio oscuro muy pequeño.
Cuando le llevaron al centro de la asociación, una finca de muchas hectáreas condicionada para rehabilitar la vida salvaje, se dieron cuenta de que nuestro rinoceronte, aunque tuviera muchísimo espacio para correr y disfrutar, se quedaba dando vueltas en círculos, pequeños, como si aún continuara en aquel cuartucho.
Los cuidadores creyeron que era cuestión de tiempo, que en unas semanas, el rinoceronte correría libre por la finca y podrían reincorporarle a la naturaleza. Pero no fue así.

Pasaron los meses, y aunque al rinoceronte le iban llevando a diferentes lugares de la finca, seguía haciendo lo mismo.
Hasta que un día, decidieron intentar algo diferente: intentaron cambiarle la dirección de su pequeño círculo.
Costó bastante, pues el rinoceronte era rudo y trataba de seguir haciendo sus vueltas en círculos, como siempre, pero poco a poco, lograron que hiciera el sentido contrario.
Creyeron que al poder haberle hecho este pequeño cambio, dar vueltas en el otro sentido, el rinoceronte podría comenzar a caminar fuera de ese círculo imaginario, de ese cuartucho que ya no existía en su vida desde hacia meses.

Tampoco funcionó.

Los cuidadores ya no sabían qué hacer y al final, le miraban y se entristecían, pues pasaban los años y nuestro rinoceronte solo daba vueltas, pero en sentido contrario a como llegó.

Un día, cuando estaban los cuidadores haciendo sus quehaceres en el centro de animales rescatados, se dieron cuenta de algo. Resulta, que el rinoceronte ya no giraba en círculos pequeños en el lugar habitual donde se quedaba, si no que ya no estaba.
Le buscaron por todos lados, pensando lo peor, pues quizá se habría apartado para morir, como suelen hacer los animales.
Para su sorpresa, encontraron a nuestro rinoceronte haciendo vida normal de rinoceronte, paseando por el gran espacio, comiendo, yendo a la laguna a beber… Y disfrutando como un animal libre.
El rinoceronte por fin, tras hacer las cosas al contrario de lo habitual, un día, levantó la cabeza y se dió cuenta de que había otras opciones. Qué había mucho más allá de ir en un sentido o en otro. Que tenía todas las opciones para elegir. Y eligió la mejor para él.

Y aquí, te dejo pensando en la moraleja del cuento.
Y en cómo podemos empezar a aplicarlo en nuestra vida. Quizá no sepamos cómo y sigamos dando vueltas en círculo por un tiempo (mucho o poco, el que necesitemos). Quizá comencemos a girar en sentido contrario.
Y quizá, un día logremos levantar la cabeza y actuar de la manera más apropiada para nosotras mismas, con amor.

Un abrazo,

Shana



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